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Museo
"Alberto Olvera Hernández"
Biografía
"Alberto Olvera Hernández"
Mural Biográfico Visitantes distinguidos a
"Relojes Centenario"
Salas de Exhibición 1er Reloj Monumental en
América Latina

 

En el año de 1909, en el cual se le vino la idea de construir un reloj que ostentara una gran carátula y diera las horas con una campana, para regir las actividades de los trabajadores, faenas en general del campo, y utilidad para su casa y sus vecinos. Con tal idea, imaginó construir un torreón, donde pondría la maquinaria del reloj que deseaba poder construir y que accionaría una carátula grande, para que diera las horas, y si podía, que sonara hasta los cuartos de hora. Esta idea la tenía muy fija en su mente.

Pensando cómo hacerlo, recurrió a inspeccionar un reloj de pared que estaba en su casa paterna sin funcionar, por tener reventada la cuerda que accionaba el péndulo, por lo que pidió permiso a su mamá para ver su maquinaria y tratar de arreglarlo, a lo que ella se opuso diciéndole que no sabía de relojes. Pero ante tanta insistencia, su buena madre accedió a que sacara la maquinaria del reloj, recomendándole el mayor cuidado. Así lo hizo, y con muchísimo trabajo logró ponerlo en funcionamiento. Este hecho lo entusiasmó enormemente. Al descubrir el sistema de engranes, piñones y palancas, lo envolvió la magia y fascinación por los mecanismos.

Así fue que con sobrada buena voluntad, Don Alberto pensó que podría llegar a construir el Reloj Monumental que tanto soñaba. Sin más que armado de optimismo y seguridad en que lo lograría, se puso a trazar lo que sería la maquinaria del primer reloj que estaba pensando construir. Como al cursar el quinto y sexto año de primaria, recibió lecciones de geometría y álgebra, no tuvo mayores dificultades para hacer los cálculos necesarios para poder precisar los diámetros de todas y cada uno de los engranes que requería el Reloj, así como el número de dientes, la forma de las platinas y piezas para la sonería y cuanta pieza se hace necesaria en la construcción de un reloj. Así trabajó durante muchos días, hasta que quedó satisfecho con sus trazos, planos y cálculos en general, que le permitirían ya poder iniciar el soñado Reloj.

Don Juan Olvera tenía un grande y completísimo taller de carpintería en la finca, incluso poseía un torno de madera, que él sabía usarlo a la perfección, y le enseñó a Don Alberto a operarlo. Accionado por un gran volante y una manivela que movía un ayudante.

También había una pieza donde estaba instalada una fragua, con un buen fuelle, un yunque, un taladro para perforar el hierro, martillos, tenazas y todo lo relativo, así como buena cantidad de combustible, fierro de muchas medidas, bronce y cuanto es necesario en un taller de rancho para poder reparar la maquinaria del campo, arados, carros, etc. Y cuanto se puede ofrecer, todo lo cual le fue de suma utilidad para llevar a cabo sus primeros proyectos, aunque modificando y haciendo nuevas muchas cosas. El torno fue una de las máquinas que modificó con gran ingenio, poniéndole un gran pedal como de bicicleta y dos engranes para cadena, todo lo cual consiguió hasta lograr hacer accionar él mismo el torno y utilizarlo sin ayuda de nadie.

Después consiguió unos engranes que adaptó al cabezal del torno para reducir la velocidad del eje del referido cabezal y aumentar su potencia y así poder tornear los metales, para lo cual improvisó un carro de torno, adaptando unas fuertes soleras de hierro en la orilla de la bancada de madera, para permitir deslizarse al carro con facilidad, firmeza y la mayor precisión, adaptó al carro una cremallera que abrió con segueta y acabó con lima, y que sirvió a la perfección.

También es importante compartir, que a principios del siglo pasado vino a establecerse un industrial, de nombre Manuel Carrasco, cerca de la comunidad de Tlalixtlipa, en el municipio de Zacatlán a unos diez kilómetros. Instaló una ferrería para beneficiar los extensos yacimientos de mineral de hierro que había ahí. Don Alberto ya conocía esta ferrería por los años de 1905 cuando ya tenía en servicio el primer alto horno. En sus talleres de fundición vaciaban de fierro colado, todas las piezas de arados para los ingenios de azúcar del sur del Estado de Puebla y del de Morelos. Todo esto le sirvió de mucho, pues ahí mandó vaciar todas las piezas que él iba necesitando y cuyos modelos fabricaba. Ahí mismo, los hijos del Sr. Carrasco le enseñaron a hacer los moldes de arena para vaciar las piezas de bronce, así como lograr hacer los primeros engranes de su reloj, cuyos modelos él hacía con sumo cuidado en una maquinita de pedal para calar madera, que él mismo había construido, siendo de inapreciable valor.

También se debe destacar que como no tenía un crisol de plombagina como los que tenían en la ferrería para fundir el bronce, Don Alberto hizo varios crisoles de barro que consiguió en una alfarería. Aunque hubo algunos que no aguantaron ni la primera fundición, hubo otros que llegaron a aguantar hasta cuatro.

Don Alberto también conoció a un herrero, amigo de su Papá, que hacía de limas viejas e inservibles, limas hechas a la medida que le convenía; las picaba de nuevo con un afilado cincel y luego las templaba en agua fría, utilizándola inmediatamente, todo lo cual Don Alberto hizo a su vez por la necesidad de no tener limas adecuadas, y aunque tuvo algunos fracasos al principio, llegó a fabricar muy buenas limas y bien templadas que le prestaron los más grandes servicios. Cuanta dificultad se presentaba, Don Alberto las vencía todas, sin que se rindiera ante el fracaso parcial, pues cuando esto llegaba a suceder, volvía a aprender con el mismo o mayor brío, pero nunca dijo: “Esto no lo puedo hacer”, y siempre tuvo presente los sabios consejos de su Papá que le decían: “Sólo tentar el sol es imposible, pero ten siempre presente, hijo mío, que lo que un hombre hizo, otro lo puede hacer también, si fracasas 100 veces, a la 101 debe salir, nunca digas, esto no lo puedo hacer”.

Conforme iba obteniendo las ruedas de bronce que salían del proceso de fundición, las limpiaba muy bien, les limaba los rayos y llegó a tornear de madera bastante aceptable las ruedas que iba logrando. Después las dividía cuidadosamente con un buen compás de puntas finas en el número de dientes que ya tenía calculados, y con las limas especiales que fabricó y que tenían el perfil del diente calculado, iba abriendo diente por diente hasta lograr terminar todas las del reloj.

La precisión que la técnica relativa exige, lo motivó para aprender estudios técnicos que adquirió por ser indispensables para el desarrollo de sus primeros relojes. Conforme pasaban los días, estas actividades que realizaba Don Alberto se iban dando a conocer por vecinos de Zacatlán. Hubo muchas críticas y opiniones que cada quien a su modo expresaba, y hasta algunos condiscípulos de él llegaron a decir que estaba loco, pues todos decían que era imposible que Don Alberto construyera un reloj, y no obstante todo esto, mientras más se dudaba del logro de sus actividades, a él le servía de mayor estímulo y más se empeñaba cada día en su trabajo.

Es importante precisar que todo esto lo iba haciendo muy de mañana o por las noches, antes y después de cenar un buen rato, pues en las horas hábiles del día tenía que ver el trabajo del campo. Su obligación era ver que cada quien se ocupara de lo que le correspondía y no se perdiera el tiempo en la Finca. Solamente los domingos y los días festivos, utilizaba todo el día para avanzar en su reloj, pues esos días eran de descanso para los trabajadores.

Don Alberto continuó realizando la fundición de sus piezas en la ferrería. Una ocasión que mandó ciertos modelos con un mozo, cuando este regresó, con la atención y respeto que en ese tiempo se expresaba la servidumbre, le dijo, ¿Qué piensa Ud. Señor amo, que dijo Don Manuelito, el de la ferrería? Pues no me lo imagino, contestó y el mozo le dijo como quien no quiere decir lo que el Sr. Carrasco expresó así de él, “Si Albertito hace el reloj, ¡me lo como!” Don Alberto, siempre una persona muy prudente, conservó todo el tiempo la opinión de Don Manuel, reservándose la satisfacción de invitarlo a la inauguración del reloj piloto, como ya lo tenía proyectado, así lo hizo el día 15 de Agosto de 1912 en que tuvo verificativo en la finca de Coyotepec, que desde ese día y durante mucho tiempo, ostentó un torreón con su reloj y carátula de un metro, una sonora campana que le obsequió el mayor de sus hermanos, y para sonar los cuartos, utilizó dos pedazos de riel que consiguió y que sonaban muy bien los cuartos.

Actualmente se encuentra en el museo de Relojería “Alberto Olvera Hernández”, dentro de las instalaciones de Relojes Centenario S.A. de C.V.

Este es el primer Reloj Monumental fabricado en el año de 1909 en México y América Latina. A casi 110 años del inicio de su fabricación, Relojes Centenario presenta esta Joya en el Museo de Relojería “Alberto Olvera Hernández”

Después de este acontecimiento, Don Alberto tuvo la oportunidad de conocer la maquinaria del reloj francés que presta servicio en Zacatlán en la torre del reloj del Templo Conventual de San Francisco. Esto le sirvió de orientación para observar su bien construido mecanismo, y desde luego se puso a diseñar un nuevo reloj, ya mejor proporcionado, y tratando de mejorar su perfecto acabado y su precisión. Todos y cada uno de los modelos que Don Alberto llegó a fabricar, nunca fueron imitación de los extranjeros, todos fueron modelos originales que él desarrolló, tanto en la forma de sus platinas como en la de las piezas de los mecanismos de sonería. Dentro de este fascinante mundo de la relojería, llegó a modificar ventajosamente varios sistemas de ruedas de escape.

Pues bien, en estas condiciones, un tío de Don Alberto, el Sr. Liborio Olvera y Manilla, hacendado por el rumbo de Tulancingo, se interesó en que le construyera un reloj para su finca. No perdió tiempo e inició en el acto, logrando tan buen trabajo en su acabado y funcionamiento, como ni él mismo imaginó poder lograr.

 

 

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